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¡Arriba los corazones!
"Sed tengo", "Sitio" en latín, es una de las siete palabra de Jesús en
¡Arriba los corazones! es una frase de aliento que nos remite al "Elevemos el corazón" de
domingo, agosto 21, 2011
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Fidelidad y felicidad.
"Desde que el Beato Juan Pablo II tuvo la intuición de promover hace 26 años la primera Jornada Mundial de la Juventud, en Roma, podría decirse que cada uno de estos encuentros ha significado un punto de partida en la vida de millares de jóvenes" comenta el Prelado del Opus Dei, en un artículo que se ha publicado en L'Osservatore Romano.domingo, mayo 15, 2011
domingo, octubre 12, 2008
Un banquete sin par
| Isaías 25: 6 - 10 | |
| 6 | Hará Yahveh Sebaot a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos: manjares de tuétanos, vinos depurados; |
| 7 | consumirá en este monte el velo que cubre a todos los pueblos y la cobertura que cubre a todos los gentes; |
| 8 | consumirá a la Muerte definitivamente. Enjugará el Señor Yahveh las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque Yahveh ha hablado. |
| 9 | Se dirá aquel día: «Ahí tenéis a nuestro Dios: esperamos que nos salve; éste es Yahveh en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación.» |
| 10 | Porque la mano de Yahveh reposará en este monte, Moab será aplastado en su sitio como se aplasta la paja en el muladar. |
Esta es la lectura del Antiguo Testamento de la Misa de hoy.
Dice cosas extraordinarias: que "en este monte", Dios va a quitar el velo que cubre a las naciones, que enjugará las lágrimas de cada hombre y asimismo dará lucimiento a su pueblo, todo a través de un gran banquete, de alimentos seleccionados.
Recuerdo que este pasaje de Isaías era uno de los preferidos de Julio Barreiro, profesor de Historia en mi curso de secretariado, en los años '61 y '62. Era protestante, alumno de Karl Barth, como otros de los notables profesores de aquel curso, los Pastores Mortimer Arias y Emilio Castro. El Prof. Barreiro le daba mucha importancia a la Revelación, a la raíz judía del Cristianismo y a su valor integrador.
En cuanto a este texto, al que recurría a menudo, a veces comentaba, un poco como pensando para sí mismo, no como tema de debate, que para que Dios pudiera encaminar a todas las gentes al "Valle de Josafat", según la profecía de Joel, sólo era necesario que todos pudiéramos ver lo mismo en el mismo instante, y que gracias a la televisión y a otros adelantos técnicos que se oteaban en el horizonte, parecía que se avecinaba el momento...
Parecía suponer que algún día, más o menos pronto, Dios mismo develaría todos los enigmas, y daría razón de todos los sufrimientos, a través de un conocimiento refinado de la verdad, que surgiría de una íntima y comunicativa claridad.
Me gustaba mucho este enfoque de las cosas de Dios y de la religión, y a los tres años de aquellas clases me había hecho católica, porque aquel proclamarse "la única verdadera" de la Iglesia Católica, que anteriormente no había comprendido, y me alejaba, de pronto lo comprendí en su verdad. Vi claramente que sólo la Iglesia Católica puede ofrecernos el gran banquete. Justamente por la capacidad de discernimiento (integrador) que el Magisterio le otorga, identificándose con la Revelación desde la raíz, que testifica la voluntad de comunicación de Dios con los hombres.
En ese mismo momento, que coincidía con la clausura del Concilio Vaticano II, las comunidades católicas entraron en una especie de tembladeral, en el que se removían muchas cosas accesorias, pero también se llegaron a vivir verdaderas crisis de identidad, que afectaban la conciencia de ser depositarios de la verdad, es decir fieles custodios de la Palabra de Dios y de su desarrollo, en el marco de la Revelación.
Providencialmente, al año siguiente conocí al Opus Dei, a través de un club de jovencitas, aunque mi grupo de amigas no lo éramos tanto, y allí sentí que tocaba el cielo con las manos. O sea, que tenía el anhelado Magisterio al alcance de la mano.
lunes, octubre 06, 2008
Carta para solicitar la apertura de la causa de canonización de San Josemaría
Esta carta la escribí en agosto de 1975 para pedir la apertura de la causa de canonización de Mons. Escrivá de Balaguer, San Josemaría desde el 6 de octubre de 2002:
Montevideo, 18 de agosto de 1975
¡Qué elocuencia necesitaría para poder expresar lo que he recibido del trato con Monseñor Escrivá!
Claro que no lo traté personalmente; pero hace ocho años que leo sus libros, que me dejo penetrar por el espíritu de su “Camino”, que trato con su gente. Y puedo decir que lo conozco, que lo quiero, que su cálida influencia ha penetrado en mi alma como clara luz para la inteligencia y como firme estímulo para la voluntad.
En mi experiencia, el contacto con Monseñor Escrivá vitalizó profundamente mi fe, haciéndome participar de la vida de Jesucristo a través de una visión asombrosamente íntima del Evangelio y de todo aquello que en el tiempo proyecta esa realidad: la Iglesia, el Magisterio, la Liturgia, los Sacramentos, encendiéndonos de amor a Cristo, a la Virgen, al Santo Padre.
Pienso cuán grande debió ser su amor a la verdad y la profundidad de su visión católica para que pudiera transmitírnosla tan acabadamente, con tanta sencillez y con tanto amor a la libertad y al hombre en su condición de criatura.
En su pensamiento y acción todo encontraba su justo valor y en el desasimiento y la disponibilidad a Dios se resolvía su maravillosa intuición sobrenatural, que no lo llevaba a la mera contemplación sino que hacía surgir todas las potencias humanas elevándolas y afinándolas en su realización y en su evolución hacia un solo fin: la gloria a Dios.
Quería a nuestro siglo y sabía interpretarlo y valorar el alcance de sus progresos.
Tantas veces me he puesto a meditar sobre la singularidad de la presencia de Monseñor Escrivá en nuestro siglo y por la eficacia de su palabra muchas veces me gustó verlo como a uno de aquellos dos testigos apocalípticos, casi como a un Moisés de nuestro tiempo encaminando a su pueblo hacia la tierra prometida.
Pienso que Monseñor Escrivá actualizó maravillosamente el sentido del trabajo que Nuestro Señor nos encomendó: el amoroso anuncio a todos los hombres de que estamos comprometidos en la construcción de la Jerusalén Celeste, y nos iluminó y despejó el camino, a través de su obra.
Muchas cosas más podría decir y jamás agotaría el alcance del mensaje de Monseñor Escrivá, porque tenía la universalidad de la Iglesia, cuyo espíritu supo captar y transmitir con sencillez y eficacia.
Antes de terminar quiero hacer saber la alegría espontánea y contagiosa, la sencilla afabilidad que nacía de su presencia, que yo conocí sólo a través de películas, y que en contraste con la grandeza de su mensaje nos guiaba directamente a la admiración frente a la realidad de la fiel y perfecta entrega a su alta vocación.
Por eso creo que la Iglesia debería contar a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer entre sus santos, y escribo esta carta para manifestar ese deseo.