¡Arriba los corazones!

"Sed tengo", "Sitio" en latín, es una de las siete palabra de Jesús en la Cruz. Es Su disponibilidad que convoca a la nuestra, invitándonos al “sacrificio de la alegría”: a “hacer de tripas corazón”, para mirarlo a Él.

¡Arriba los corazones! es una frase de aliento que nos remite al "Elevemos el corazón" de la Misa, que nos dispone para el sacrificio, dejando que Él nos dirija.

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sábado, agosto 20, 2011

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La libertad del hombre, su significado y su alcance


La gente suele pensar que los pactos con el demonio sólo existen en la literatura. Están equivocados. Hay personas que conscientemente, con toda advertencia, pactan con el Diablo y le entregan el alma con tal de conseguir algo en esta vida. La idea de un pacto formal con el demonio aparece por primera vez en el siglo V en los escritos de San Jerónimo. Este padre de la Iglesia cuenta como un joven para obtener los favores de una bella mujer fue a un mago, el cual le impone como pago por sus servicios el renunciar a Cristo con un escrito. Tenemos en el siglo VI, una segunda aparición de este tipo de pacto en la leyenda de Teófilo, quien accede a ser un servidor del Diablo y firma un pacto formal. Esta leyenda se extendió por Europa en la Edad Media.

¿Es posible un pacto con el demonio? Por supuesto uno puede firmar un papel, pero no se le va a presentar el demonio ni para entregarle el papel, ni para recogerlo. Cuando uno hace un pacto de este tipo siempre espera que se aparezca alguien, pero es uno mismo el que tiene que escribir los términos, y tampoco aparece nadie una vez firmado el pacto, con lo cual uno se queda con el papel en la mano. Todo lo cual suele ser bastante desesperanzador para el que se esperaba que sucediera algo. Aun así, si uno invoca al Diablo muchas veces pueden suceder cosas, lo mismo que en el espiritismo. Pero no necesariamente. A esta escena tan poco teatral, tan desanimadora para el que creía que iba a haber alguna aparición, hay que añadir:

1º  Que firmar ese pacto no significa obtener una vida de riqueza, honor y lujuría desenfrenada. Yo he conocido personalmente a dos personas que hicieron ese pacto y, francamente, su nivel de vida era peor incluso que el mío. Tampoco parece que en aspecto carnal el Diablo fuera especialmente generoso con ambos. Eso se debe a que el Diablo no es Dios y no puede dar lo que quiera. 

2º  El alma puede arrepentirse siempre que quiera con un simple acto de su voluntad. Arrepintiéndose, el pacto queda en papel mojado fueran cuales fueran los terminos del contrato. Incluso aunque se excluyera la posibilidad del arrepentimiento, esta clausula no sirve de nada. Dios que nos ha dado la libertad para hacer lo que queramos, no nos ha dado libertad para renunciar a la libertad. Esto es válido también en la eternidad, en el cielo o en el infierno seguiremos siendo libres. Sólo que en el cielo ya no querremos pecar, y en el infierno ya no querremos arrepentirnos.

Muchos piensan que el triunfo en los negocios o la profesión sí que la puede dar el Diablo. Pero la razón por la que el mismo Diablo no puede conceder ni siquiera eso a sus siervos es porque el éxito de una empresa o en una profesión depende de la concatenación de muchas causas y factores. El demonio sólo puede tentar, así por ejemplo puede tentar a un jefe a que escoja a un empleado en vez de a otro. Pero la tentación se puede superar, y por tanto ni una cosa tan simple como esa es segura ni con un pacto con el demonio. 

El gran poder del pacto con el demonio es hacer pensar a la persona que ya está condenada haga lo que haga. Es difícil hacer entender a una persona que ha firmado tal trato que sigue siendo tan libre como antes. Pero es así.

Este texto y su conclusión son sublimes.

El  Padre Fortea establece en estos párrafos la tenebrosa, aunque precaria, realidad de la existencia de los pactos con el demonio.  Precaria por el señorío del alma para deshacerse de ellos en cualquier momento con un simple acto de su voluntad, por el arrepentimiento, ya que Dios –como el Padre del Hijo Pródigo–, nunca la abandona, y es por  tanto en su libérrima libertad muchísimo más poderosa ella misma que el demonio.

Nuestra relación con Dios es la clave de nuestra vida, que conocemos por la iniciativa divina de la Revelación.  Estamos hechos para entender su compromiso con nuestro destino, y apreciar la paciencia y la misericordia con que acompaña nuestro rumbo, promoviendo nuestra fidelidad al bien, realidades que alcanzamos por la humildad.     Éste es el poderoso mensaje de Jesús Misericordioso, que recibimos de Santa María Faustina, impulsado por Juan Pablo II.  También la Infancia Espiritual, medular en el apostolado de Santa Teresita y de San Josemaría,  iluminan a nuestro tiempo desde esta perspectiva.


Lo sustancial es confiar siempre en Dios, pase lo que pase.  En el Antiguo Testamento, el Profeta Miqueas (6:8) resume en este concepto (el de la confianza en Dios, el abandono en sus manos) el sentido de la Revelación:

Oh hombre, Él te ha declarado qué sea lo bueno, y qué pide de ti el Señor: solamente hacer juicio y amar misericordia, y humillarte para andar con tu Dios.

En nuestra vida interior, que es ámbito de la libertad, acontece nuestro encuentro con Dios, y es así que  el sentido común entronca (en continuidad) con el sensus fidei, un tema que aparece en la encíclica Fides et Ratio (y en la base de Veritatis Splendor), y que Jacques Maritain explica muy bien en un corto párrafo de "El campesino del Garona".

En "La fe según San Juan de la Cruz", su tesis doctoral, Juan Pablo II  analiza este tema y muestra cómo este "entronque" –fundamento del camino de la santidad, al alcance en su medida por los no cristianos–, se produce por el poder del amor, fruto de la voluntad, que logra suavizar, como un aceite, la reacción de los sentidos ante las mociones divinas. En su carta apostólica "Maestro en la Fe", de fines de 1990,   nos cuenta cómo San Juan de la Cruz desentraña, a la manera del orfebre que  purifica el oro, la esencia de la fe.  Y resume:  En la vida de fe, el misterio de la cruz de Cristo es referencia habitual y norma de vida cristiana: "Cuando se le ofreciere algún sinsabor y disgusto, acuérdese de Cristo crucificado y calle. Viva en fe y esperanza, aunque sea a oscuras, que en esas tinieblas ampara Dios al alma" [26] . La fe se convierte en llama de caridad, más fuerte que la muerte, semilla y fruto de resurrección: "No piense otra cosa -escribe el santo en un momento de prueba- sino que todo lo ordena Dios; y adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor[27] . Porque, en definitiva: "A la tarde te examinarán en el amor[28] .

“El horizonte sobrenatural de nuestra vida” podemos llamar a este "lugar de la libertad", tomando conceptos de San Josemaría, quien dedicó su vida a enseñarnos que existe ese ámbito donde realmente “se juntan el cielo y la tierra”, donde el amor se hace operativo por la fe (que a lo mejor desconocemos).  Es en nuestro corazón.  Y nos movía a hacernos cargo, nada menos, de que “estas crisis mundiales son crisis de santos”.   Podríamos decir que "todo el dolor del mundo" responde a las "crisis" de santidad.

Esta idea no cala fácilmente en el gran público, a nivel masivo (porque el silenciamiento de los sentidos por el amor que promueve es la Cruz misma, que podemos asumir porque Jesús la asumió, y lo hacemos uno por uno).  Pero seguramente está llamada a “calar”, actuando como la levadura en la masa. 

Me pregunto ¿qué otra cosa puede ser la manifestación de los hijos de Dios, de la que habla San Pablo, más que la toma de conciencia general de esta línea directa con Dios, de su amistad, en la que todos estamos llamados a entrar y a vivir conscientemente, promotora del amor, que nace de la iniciativa divina, a través de la Iglesia, y específicamente de la Eucaristía, como explica tan bien la encíclica Ecclesia de Eucharistia?

Luego, es gracias a la Iglesia –aunque no lo sepamos– y a Jesús actuando en ella y desde ella, que nos llega la moción que nos permite creer en Él, y aun antes, por su mediación, hace posible a todo hombre la rectitud y la sensatez.  El Cardenal Newman explica estas cosas en su sermón The world and sin.  Y en un libro sencillísimo, Charlas acerca de la gracia (en Internet en formato pdf), el Cardenal Journet lo desgrana en profundidad.

"Las fronteras de la Iglesia pasan por el corazón de los hombres" es una frase del Cardenal Journet, citada por Jacques Maritain en El Campesino del Garona, que resume muy bien parte de los conceptos que he tratado de exponer.


viernes, julio 03, 2009

Sobre la Fe: en la fiesta de Santo Tomás Apóstol


Lecturas de la Misa de hoy, fiesta de Santo Tomás Apóstol:

Efesios 2:
19 - 22

19 Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios,
20 edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo,
21 en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor,
22 en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu.


Salmo 117: 1 - 2
1 ¡Alabad a Yahveh, todas las naciones, celebradle, pueblos todos!
2 Porque es fuerte su amor hacia nosotros, la verdad de Yahveh dura por siempre.


Juan 20: 24 - 29
24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
25 Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»
26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.»
27 Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.»
28 Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.»
29 Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»



Hoy es la fiesta del Apóstol Santo Tomás, y en el Evangelio de la Misa se lee el emocionante relato que culmina cuando, tras tocar las señales del martirio en los dedos y en el costado del Señor Resucitado, que era la prueba que decía necesitaba para creer, Tomás exclama: "¡Señor mío, y Dios mío!", súbitamente consciente de la autoridad y de la divinidad del Maestro. Jesús le hace notar: "Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído."

El Apóstol Tomás necesitó esa prueba para rendir su inteligencia ante el Señor, y como no poder ver iba a ser la suerte de todas las generaciones de cristianos desde entonces (como lo hace notar San Agustín), fue una suerte que existiera la duda de Tomás, para que la respuesta de Jesús, encomiando nuestro mérito, nos alentara (dice San Gregorio).


El hecho es que "la verdad del Señor dura para siempre" (Salmo 117), y la fe le abre los ojos a la inteligencia para que la alcance, pues aunque es su vocación, por sí misma la mente humana no llega a la verdad del Señor.

En el video sobre la fe de la entrada de ayer, el Padre Ignacio Larrañaga explica con gran claridad esta incapacidad humana para alcanzar directamente a Dios por la inteligencia, ya que no podemos verlo con los ojos. Tenemos que acogerlo y asumirlo, por la fe, "de rodillas", dice el Padre.

Es cierto que si viéramos no necesitaríamos la fe, pero
en tanto vivimos en actitud de fe, la razón no queda en suspenso, como parecería dar a entender el Padre Larrañaga. Justamente en este punto la razón y la voluntad se unen para recorrer el camino de la fe, en la fe, y si nos apoyamos en el testimonio de San Josemaría, casi podríamos decir en la visión.

Me parece que así como fuera de la fe, sin ese apoyo sustancial de la voluntad que el Padre Larrañaga señala, la inteligencia no puede alcanzar la verdad, sí que la puede alcanzar, y la alcanza,
dentro de la fe (con la ayuda de la voluntad). Por lo tanto, a Dios llegamos también por la razón, ayudada por la voluntad (el amor), que nos auxilia antes de que nos demos cuenta. Creo que los silogismos, que el Padre desdeña para encontrar a Dios, son imprescindibles para llevar la fe a su plenitud, la máxima posible en este mundo, que no es poco, pues el transcurso de los Siglos va enriqueciendo el depósito de la fe, en la Iglesia, y cada vez se ve mejor.

En la primera lectura de la Misa de hoy, de Efesios 2, aparecen preciosas imágenes intelectuales en ese sentido.

Nos dice que, por la familiaridad con Jesucristo, quien de hecho nos muestra el rostro de Dios, podemos realizar "una ed
ificación bien trabada", que "se eleva hasta formar un templo santo en el Señor". Junto con Él, convertidos en "morada de Dios en el Espíritu", gracias a nuestra respuesta de fe a la fe que se nos propone, completamos ese Templo Santo, y lo hacemos visible, comprensible para todos. "De rodillas", sin duda, en la fe, pero con la claridad de la inteligencia y sus silogismos, por la ventana que nos abre la voluntad.

Las encíclicas "Veritatis Splendor" (1993) y "Fides et Ratio" (1998) son muy explícitas sobre las relaciones entre la fe y la razón. Y desde sus primeros años de sacerdocio,
el Papa Juan Pablo II encaró este tema muy a fondo en su tesis sobre "La fe en San Juan de la Cruz".

Al reconocer a Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre toda la realidad adquiere una claridad manifiesta, no ajena a la sensatez del sentido común, pero característicamente inagotable y total, "bien trabada", "compacta".

A propósito del papel del teólogo,
en "Veritatis Splendor" (109), se lee: "Por su propia naturaleza, la fe interpela la inteligencia, porque descubre al hombre la verdad sobre su destino y el camino para alcanzarlo. Aunque la verdad revelada supere nuestro modo de hablar y nuestros conceptos sean imperfectos frente a su insondable grandeza (cf. Ef 3, 19), sin embargo, invita a nuestra razón —don de Dios otorgado para captar la verdad— a entrar en el ámbito de su luz, capacitándola así para comprender en cierta medida lo que ha creído. La ciencia teológica, que busca la inteligencia de la fe respondiendo a la invitación de la voz de la verdad, ayuda al pueblo de Dios, según el mandamiento del apóstol (cf. 1 P 3, 15), a dar cuenta de su esperanza a aquellos que se lo piden»


La Encíclica "Fides et Ratio" describe un panorama muy alentador.

Leemos:

... En este sentido es posible reconocer, a pesar del cambio de los tiempos y de los progresos del saber, un núcleo de conocimientos filosóficos cuya presencia es constante en la historia del pensamiento. Piénsese, por ejemplo, en los principios de no contradicción, de finalidad, de causalidad, como también en la concepción de la persona como sujeto libre e inteligente y en su capacidad de conocer a Dios, la verdad y el bien; piénsese, además, en algunas normas morales fundamentales que son comúnmente aceptadas. Estos y otros temas indican que, prescindiendo de las corrientes de pensamiento, existe un conjunto de conocimientos en los cuales es posible reconocer una especie de patrimonio espiritual de la humanidad. Es como si nos encontrásemos ante una filosofía implícita por la cual cada uno cree conocer estos principios, aunque de forma genérica y no refleja. Estos conocimientos, precisamente porque son compartidos en cierto modo por todos, deberían ser como un punto de referencia para las diversas escuelas filosóficas. Cuando la razón logra intuir y formular los principios primeros y universales del ser y sacar correctamente de ellos conclusiones coherentes de orden lógico y deontológico, entonces puede considerarse una razón recta o, como la llamaban los antiguos, orthòs logos, recta ratio.


Más adelante, se lee:

5. La Iglesia, por su parte, aprecia el esfuerzo de la razón por alcanzar los objetivos que hagan cada vez más digna la existencia personal. Ella ve en la filosofía el camino para conocer verdades fundamentales relativas a la existencia del hombre. Al mismo tiempo, considera a la filosofía como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la fe y comunicar la verdad del Evangelio a cuantos aún no la conocen.


Casi al principio, aclaraba:

La Iglesia no es ajena, ni puede serlo, a este camino de búsqueda. Desde que, en el Misterio Pascual, ha recibido como don la verdad última sobre la vida del hombre, se ha hecho peregrina por los caminos del mundo para anunciar que Jesucristo es « el camino, la verdad y la vida » (Jn 14, 6). Entre los diversos servicios que la Iglesia ha de ofrecer a la humanidad, hay uno del cual es responsable de un modo muy particular: la diaconía de la verdad.1 Por una parte, esta misión hace a la comunidad creyente partícipe del esfuerzo común que la humanidad lleva a cabo para alcanzar la verdad; 2 y por otra, la obliga a responsabilizarse del anuncio de las certezas adquiridas, incluso desde la conciencia de que toda verdad alcanzada es sólo una etapa hacia aquella verdad total que se manifestará en la revelación última de Dios: « Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido » (1 Co 13, 12).





martes, mayo 05, 2009

La unidad y la universalidad de la Palabra de Dios - El Buen Pastor y la Revelación

En las misas de hoy se leyó el Salmo 86:

R. Alabad al Señor, todas las naciones.
Él la ha cimentado sobre el monte santo; y el Señor prefiere las puertas de Sión a todas las moradas de Jacob. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!
R. «Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles; filisteos, tirios y etíopes han nacido allí.» Se dirá de Sión: «Uno por uno todos han nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado.»
R. El Señor escribirá en el registro de los pueblos: «Éste ha nacido allí.» Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti.» R.

y el Evangelio de San Juan, Capítuo 10, 22-30:
Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón. Los judíos, rodeándolo, le preguntaban: - «¿Hasta cuando nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente.» Jesús les respondió: - «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mi. Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.»
Ambas lecturas nos hablan de la unidad y de la universalidad de la Palabra de Dios, porque todos los hombres estamos hechos para oírla, y El la ha dado a conocer. Este es el tema de las lecturas de hoy, asociadas a la figura de Buen Pastor, que fue central en las lecturas del domingo pasado.

En la Audiencia del Miércoles 13 de noviembre del 2002, Juan Pablo II comentaba así este Salmo 86, que nos habla de la fuente común, del querer de Dios comunicado a los hombres:

1. El canto de Jerusalén, ciudad de la paz y madre universal, que ahora hemos escuchado, está por desgracia en contraste con la experiencia histórica que está viviendo la ciudad. Pero la oración tiene por tarea sembrar confianza y generar esperanza.

La perspectiva universal del Salmo 86 puede recordar el himno del Libro de Isaías, en el que se ve cómo convergen hacia Sión todos los pueblos para escuchar la Palabra del Señor y redescubrir la belleza de la paz, forjando de las «espadas azadones» y de las «lanzas podaderas» (Cf. 2,2-5). En realidad, el Salmo se presenta en una perspectiva muy diferente, la de un movimiento que, en vez de converger hacia Sión, sale de Sión; el salmista ve en Sión el origen de todos los pueblos. Después de haber declarado el primado de la ciudad santa no por méritos históricos o culturales sino sólo por el amor de Dios por ella (Cf. Salmo 86,1-3), el Salmo celebra precisamente esta universalidad que hermana a todos los pueblos.

2. Sión es cantada como madre de toda la humanidad y no sólo de Israel. Una afirmación así es de una audacia extraordinaria. El Salmista es consciente y lo subraya: «Glorias se dicen de ti, ciudad de Dios» (versículo 3). ¿Cómo es posible que la modesta capital de una pequeña nación pueda ser presentada como el origen de pueblos mucho más potentes? ¿Cómo puede tener Sión esta inmensa pretensión? La respuesta se ofrece en la misma frase: Sión es madre de toda la humanidad, pues es la «ciudad de Dios»; está por tanto en la base del proyecto de Dios.
Todos los puntos cardinales de la tierra se encuentran en relación con esta Madre: Ráhab, es decir, Egipto, el gran estado Occidental; Babilonia, la conocida potencia oriental; Tiro, que personifica al pueblo comercial del norte; mientras que Etiopía representa al profundo sur; y Palestina, el área central, también es hija de Sión.
En el registro espiritual de Jerusalén aparecen todos los pueblos de la tierra: tres veces se repite la fórmula «uno por uno todos han nacido en ella» (versículo 6). Es la expresión jurídica oficial con la que entonces se declaraba que una persona era originaria de una determinada ciudad y, como tal, gozaba de la plenitud de los derechos civiles de aquel pueblo.
3. Es sugerente observar cómo incluso las naciones consideradas hostiles a Israel suben a Jerusalén y son acogidas no como extranjeras sino como «familiares». Es más, el salmista transforma la procesión de estos pueblos hacia Sión en un canto coral y en una danza gozosa: ellos vuelven a encontrar sus «manantiales» (Cf. versículo 7) en la ciudad de Dios de la que mana una corriente de agua viva que fecunda a todo el mundo, como proclamaban los profetas (Cf. Ezequiel 47, 1-12; Zacarías 13, 1; 14, 8; Apocalipsis 22, 1-2).
Todos vienen a Jerusalén a descubrir sus raíces espirituales, a sentirse en su patria, a volver a encontrarse como miembros de la misma familia, a abrazarse como hermanos, de regreso a casa.
4. Página de auténtico diálogo interreligioso, el Salmo 86 recoge la herencia universalista de los profetas (Cf. Isaías 56, 6-7; 60, 6-7; 66, 21; Job 4, 10-11; Malaquías 1,11 etc.) y anticipa la tradición cristiana que aplica este Salmo a la «Jerusalén de arriba» de la que san Pablo proclama que «es libre y es nuestra madre» y tiene más hijos que la Jerusalén terrena (Cf. Gálatas 4, 26-27). Del mismo modo habla el Apocalipsis cuando ensalza «la Jerusalén que bajaba del Cielo, de junto a Dios» (21, 2. 10).
Siguiendo la línea del Salmo 86, también el Concilio Vaticano II ve en la Iglesia universal el lugar en el que se reúnen «todos los justos descendientes de Adán, desde Abel el justo hasta el último elegido». Tendrá su «cumplimiento glorioso al fin de los tiempos» («Lumen gentium», n. 2).
5. Esta lectura eclesial del Salmo se abre, en la tradición cristiana, a una relectura en clave mariológica. Jerusalén era para el Salmista una auténtica «metrópolis», es decir, una «ciudad-madre», en cuyo interior estaba presente el mismo Señor (Cf. Sofonías 3, 14-18). Desde esta perspectiva el cristianismo canta a María como la Sión viviente, en cuyo seno fue engendrado el Verbo encarnado y, por consecuencia, fueron engendrados los hijos de Dios. Los Padres de la Iglesia --desde san Ambrosio de Milán hasta Atanasio de Alejandría, desde Máximo el Confesor hasta Juan Damasceno, desde Cromacio de Aquileia a Germán de Constantinopla-- concuerdan en esta relectura cristiana del Salmo 86.
Nosotros nos ponemos ahora en escucha de un maestro de la tradición armenia, Gregorio de Narek (950?-1010), quien en su «Discurso panegírico a la beatísima Virgen María» se dirige así a la Virgen: «Refugiándonos bajo tu dignísima y poderosa intercesión, quedamos protegidos, o santa Progenitora de Dios, encontrando alivio y descanso bajo la sombra de tu protección como si estuviéramos resguardados por un muro bien fortificado: muro adornado, un muro con brillantes purísimos engarzados; muro envuelto de fuego, y por tanto, inexpugnable por los ladrones; un muro llameante, centelleante, inalcanzable e inaccesible para los crueles traidores; un muro rodeado por todas las partes, según David, cuyos cimientos fueron puestos por el Altísimo (Cf. Salmo 86, 1. 5); muro imponente de la ciudad suprema, según Pablo (Cf. Gálatas 4, 26; Hebreos 12, 22), donde acogiste a todos como habitantes para que a través del nacimiento corporal de Dios hicieras hijos de la Jerusalén de arriba a los hijos de la Jerusalén terrena. Por ello sus labios bendicen tu seno virginal y todos te proclaman casa y templo de Aquél que es de la misma esencia del Padre. Por tanto, con razón te es apropiado lo que dijo el profeta: "Fuiste para nosotros refugio y fortaleza, un socorro en la angustia" (Cf. Salmo 45, 2)» («Textos marianos del primer milenio»; «Testi mariani del primo millennio», IV, Roma 1991, p. 589).