¡Arriba los corazones!

"Sed tengo", "Sitio" en latín, es una de las siete palabra de Jesús en la Cruz. Es Su disponibilidad que convoca a la nuestra, invitándonos al “sacrificio de la alegría”: a “hacer de tripas corazón”, para mirarlo a Él.

¡Arriba los corazones! es una frase de aliento que nos remite al "Elevemos el corazón" de la Misa, que nos dispone para el sacrificio, dejando que Él nos dirija.

Mostrando las entradas con la etiqueta Juan Pablo II. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Juan Pablo II. Mostrar todas las entradas

sábado, agosto 20, 2011

La libertad del hombre, su significado y su alcance


La gente suele pensar que los pactos con el demonio sólo existen en la literatura. Están equivocados. Hay personas que conscientemente, con toda advertencia, pactan con el Diablo y le entregan el alma con tal de conseguir algo en esta vida. La idea de un pacto formal con el demonio aparece por primera vez en el siglo V en los escritos de San Jerónimo. Este padre de la Iglesia cuenta como un joven para obtener los favores de una bella mujer fue a un mago, el cual le impone como pago por sus servicios el renunciar a Cristo con un escrito. Tenemos en el siglo VI, una segunda aparición de este tipo de pacto en la leyenda de Teófilo, quien accede a ser un servidor del Diablo y firma un pacto formal. Esta leyenda se extendió por Europa en la Edad Media.

¿Es posible un pacto con el demonio? Por supuesto uno puede firmar un papel, pero no se le va a presentar el demonio ni para entregarle el papel, ni para recogerlo. Cuando uno hace un pacto de este tipo siempre espera que se aparezca alguien, pero es uno mismo el que tiene que escribir los términos, y tampoco aparece nadie una vez firmado el pacto, con lo cual uno se queda con el papel en la mano. Todo lo cual suele ser bastante desesperanzador para el que se esperaba que sucediera algo. Aun así, si uno invoca al Diablo muchas veces pueden suceder cosas, lo mismo que en el espiritismo. Pero no necesariamente. A esta escena tan poco teatral, tan desanimadora para el que creía que iba a haber alguna aparición, hay que añadir:

1º  Que firmar ese pacto no significa obtener una vida de riqueza, honor y lujuría desenfrenada. Yo he conocido personalmente a dos personas que hicieron ese pacto y, francamente, su nivel de vida era peor incluso que el mío. Tampoco parece que en aspecto carnal el Diablo fuera especialmente generoso con ambos. Eso se debe a que el Diablo no es Dios y no puede dar lo que quiera. 

2º  El alma puede arrepentirse siempre que quiera con un simple acto de su voluntad. Arrepintiéndose, el pacto queda en papel mojado fueran cuales fueran los terminos del contrato. Incluso aunque se excluyera la posibilidad del arrepentimiento, esta clausula no sirve de nada. Dios que nos ha dado la libertad para hacer lo que queramos, no nos ha dado libertad para renunciar a la libertad. Esto es válido también en la eternidad, en el cielo o en el infierno seguiremos siendo libres. Sólo que en el cielo ya no querremos pecar, y en el infierno ya no querremos arrepentirnos.

Muchos piensan que el triunfo en los negocios o la profesión sí que la puede dar el Diablo. Pero la razón por la que el mismo Diablo no puede conceder ni siquiera eso a sus siervos es porque el éxito de una empresa o en una profesión depende de la concatenación de muchas causas y factores. El demonio sólo puede tentar, así por ejemplo puede tentar a un jefe a que escoja a un empleado en vez de a otro. Pero la tentación se puede superar, y por tanto ni una cosa tan simple como esa es segura ni con un pacto con el demonio. 

El gran poder del pacto con el demonio es hacer pensar a la persona que ya está condenada haga lo que haga. Es difícil hacer entender a una persona que ha firmado tal trato que sigue siendo tan libre como antes. Pero es así.

Este texto y su conclusión son sublimes.

El  Padre Fortea establece en estos párrafos la tenebrosa, aunque precaria, realidad de la existencia de los pactos con el demonio.  Precaria por el señorío del alma para deshacerse de ellos en cualquier momento con un simple acto de su voluntad, por el arrepentimiento, ya que Dios –como el Padre del Hijo Pródigo–, nunca la abandona, y es por  tanto en su libérrima libertad muchísimo más poderosa ella misma que el demonio.

Nuestra relación con Dios es la clave de nuestra vida, que conocemos por la iniciativa divina de la Revelación.  Estamos hechos para entender su compromiso con nuestro destino, y apreciar la paciencia y la misericordia con que acompaña nuestro rumbo, promoviendo nuestra fidelidad al bien, realidades que alcanzamos por la humildad.     Éste es el poderoso mensaje de Jesús Misericordioso, que recibimos de Santa María Faustina, impulsado por Juan Pablo II.  También la Infancia Espiritual, medular en el apostolado de Santa Teresita y de San Josemaría,  iluminan a nuestro tiempo desde esta perspectiva.


Lo sustancial es confiar siempre en Dios, pase lo que pase.  En el Antiguo Testamento, el Profeta Miqueas (6:8) resume en este concepto (el de la confianza en Dios, el abandono en sus manos) el sentido de la Revelación:

Oh hombre, Él te ha declarado qué sea lo bueno, y qué pide de ti el Señor: solamente hacer juicio y amar misericordia, y humillarte para andar con tu Dios.

En nuestra vida interior, que es ámbito de la libertad, acontece nuestro encuentro con Dios, y es así que  el sentido común entronca (en continuidad) con el sensus fidei, un tema que aparece en la encíclica Fides et Ratio (y en la base de Veritatis Splendor), y que Jacques Maritain explica muy bien en un corto párrafo de "El campesino del Garona".

En "La fe según San Juan de la Cruz", su tesis doctoral, Juan Pablo II  analiza este tema y muestra cómo este "entronque" –fundamento del camino de la santidad, al alcance en su medida por los no cristianos–, se produce por el poder del amor, fruto de la voluntad, que logra suavizar, como un aceite, la reacción de los sentidos ante las mociones divinas. En su carta apostólica "Maestro en la Fe", de fines de 1990,   nos cuenta cómo San Juan de la Cruz desentraña, a la manera del orfebre que  purifica el oro, la esencia de la fe.  Y resume:  En la vida de fe, el misterio de la cruz de Cristo es referencia habitual y norma de vida cristiana: "Cuando se le ofreciere algún sinsabor y disgusto, acuérdese de Cristo crucificado y calle. Viva en fe y esperanza, aunque sea a oscuras, que en esas tinieblas ampara Dios al alma" [26] . La fe se convierte en llama de caridad, más fuerte que la muerte, semilla y fruto de resurrección: "No piense otra cosa -escribe el santo en un momento de prueba- sino que todo lo ordena Dios; y adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor[27] . Porque, en definitiva: "A la tarde te examinarán en el amor[28] .

“El horizonte sobrenatural de nuestra vida” podemos llamar a este "lugar de la libertad", tomando conceptos de San Josemaría, quien dedicó su vida a enseñarnos que existe ese ámbito donde realmente “se juntan el cielo y la tierra”, donde el amor se hace operativo por la fe (que a lo mejor desconocemos).  Es en nuestro corazón.  Y nos movía a hacernos cargo, nada menos, de que “estas crisis mundiales son crisis de santos”.   Podríamos decir que "todo el dolor del mundo" responde a las "crisis" de santidad.

Esta idea no cala fácilmente en el gran público, a nivel masivo (porque el silenciamiento de los sentidos por el amor que promueve es la Cruz misma, que podemos asumir porque Jesús la asumió, y lo hacemos uno por uno).  Pero seguramente está llamada a “calar”, actuando como la levadura en la masa. 

Me pregunto ¿qué otra cosa puede ser la manifestación de los hijos de Dios, de la que habla San Pablo, más que la toma de conciencia general de esta línea directa con Dios, de su amistad, en la que todos estamos llamados a entrar y a vivir conscientemente, promotora del amor, que nace de la iniciativa divina, a través de la Iglesia, y específicamente de la Eucaristía, como explica tan bien la encíclica Ecclesia de Eucharistia?

Luego, es gracias a la Iglesia –aunque no lo sepamos– y a Jesús actuando en ella y desde ella, que nos llega la moción que nos permite creer en Él, y aun antes, por su mediación, hace posible a todo hombre la rectitud y la sensatez.  El Cardenal Newman explica estas cosas en su sermón The world and sin.  Y en un libro sencillísimo, Charlas acerca de la gracia (en Internet en formato pdf), el Cardenal Journet lo desgrana en profundidad.

"Las fronteras de la Iglesia pasan por el corazón de los hombres" es una frase del Cardenal Journet, citada por Jacques Maritain en El Campesino del Garona, que resume muy bien parte de los conceptos que he tratado de exponer.


jueves, mayo 05, 2011

Abba Pater - Padre Nuestro, Papaíto nuestro...




"When freedom does not have a purpose, when it does not wish to know anything about the rule of law engraved in the hearts of men and women, when it does not listen to the voice of conscience, it turns against humanity and society."
Pope John Paul II
En inglés, esta cita de Juan Pablo II, que resume prácticamente su predicación (de eso se trata el Padre Nuestro) y alguien utilizó como comentario del video, aparece miles de veces en Google.   También se puede buscar en español:
Cuando la libertad no tiene un fin, cuando ignora la ley grabada en los corazones de los hombres y las mujeres, cuando no escucha a la voz de la conciencia, se vuelve contra la humanidad y la sociedad.
               Juan Pablo II

domingo, mayo 01, 2011

Copiado del blog Santa Teresita de Lisieux:


Dijo el B.Juan Pablo II sobre (la labor de) Santa Teresita,



“El Espíritu de Dios ha permitido a Teresa revelar directamente a todos los hombres el misterio fundamental, la realidad del Evangelio: el hecho de haber recibido el espíritu de hijo adoptivo que nos hace gritar ¡Abba!... ¿Qué verdad del mensaje evangélico es más fundamental y universal que ésta? ¡Dios es nuestro Padre, y nosotros somos hijos!... Cuando murió víctima de la tuberculosis, que largo tiempo atrás había incubado, era casi una niña. Nos has dejado el recuerdo de una niña. Fue una niña. Pero una niña confiada hasta el heroísmo”.



“Entre los doctores de la Iglesia, Teresa del Niño Jesús y de la santa Faz es la más joven, pero su ardiente itinerario espiritual, tanta madurez en sus intuiciones de la fe expresadas en sus escritos, la hacen merecedora de tener un puesto entre los grandes maestros y doctores de la Iglesia... Su camino espiritual es en realidad muy exigente, como lo es el Evangelio. Pero es un camino penetrado del sentido de abandono confiado en el Padre, confiado a la misericordia divina, que hace más ligera la entrega espiritual, más rigurosa... Teresa de Lisieux es una Santa que permanece joven, a pesar de los años que pasen, y se propone como un modelo eminente y un guía para el camino cristiano de nuestro tiempo...”


Los récords de Juan Pablo II

sábado, agosto 28, 2010

Alegría y diversión del Papa Juan Pablo II ante las ocurrencias del Payaso Japo



Este video, tomado de Fluvium, transmite una gran alegría.

Vale mucho la pena compartir el limpísimo humor que divertía al Papa Juan Pablo II, con los mismos recursos que festejan los niños más pequeños.

viernes, julio 03, 2009

Sobre la Fe: en la fiesta de Santo Tomás Apóstol


Lecturas de la Misa de hoy, fiesta de Santo Tomás Apóstol:

Efesios 2:
19 - 22

19 Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios,
20 edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo,
21 en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor,
22 en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu.


Salmo 117: 1 - 2
1 ¡Alabad a Yahveh, todas las naciones, celebradle, pueblos todos!
2 Porque es fuerte su amor hacia nosotros, la verdad de Yahveh dura por siempre.


Juan 20: 24 - 29
24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
25 Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»
26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.»
27 Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.»
28 Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.»
29 Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»



Hoy es la fiesta del Apóstol Santo Tomás, y en el Evangelio de la Misa se lee el emocionante relato que culmina cuando, tras tocar las señales del martirio en los dedos y en el costado del Señor Resucitado, que era la prueba que decía necesitaba para creer, Tomás exclama: "¡Señor mío, y Dios mío!", súbitamente consciente de la autoridad y de la divinidad del Maestro. Jesús le hace notar: "Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído."

El Apóstol Tomás necesitó esa prueba para rendir su inteligencia ante el Señor, y como no poder ver iba a ser la suerte de todas las generaciones de cristianos desde entonces (como lo hace notar San Agustín), fue una suerte que existiera la duda de Tomás, para que la respuesta de Jesús, encomiando nuestro mérito, nos alentara (dice San Gregorio).


El hecho es que "la verdad del Señor dura para siempre" (Salmo 117), y la fe le abre los ojos a la inteligencia para que la alcance, pues aunque es su vocación, por sí misma la mente humana no llega a la verdad del Señor.

En el video sobre la fe de la entrada de ayer, el Padre Ignacio Larrañaga explica con gran claridad esta incapacidad humana para alcanzar directamente a Dios por la inteligencia, ya que no podemos verlo con los ojos. Tenemos que acogerlo y asumirlo, por la fe, "de rodillas", dice el Padre.

Es cierto que si viéramos no necesitaríamos la fe, pero
en tanto vivimos en actitud de fe, la razón no queda en suspenso, como parecería dar a entender el Padre Larrañaga. Justamente en este punto la razón y la voluntad se unen para recorrer el camino de la fe, en la fe, y si nos apoyamos en el testimonio de San Josemaría, casi podríamos decir en la visión.

Me parece que así como fuera de la fe, sin ese apoyo sustancial de la voluntad que el Padre Larrañaga señala, la inteligencia no puede alcanzar la verdad, sí que la puede alcanzar, y la alcanza,
dentro de la fe (con la ayuda de la voluntad). Por lo tanto, a Dios llegamos también por la razón, ayudada por la voluntad (el amor), que nos auxilia antes de que nos demos cuenta. Creo que los silogismos, que el Padre desdeña para encontrar a Dios, son imprescindibles para llevar la fe a su plenitud, la máxima posible en este mundo, que no es poco, pues el transcurso de los Siglos va enriqueciendo el depósito de la fe, en la Iglesia, y cada vez se ve mejor.

En la primera lectura de la Misa de hoy, de Efesios 2, aparecen preciosas imágenes intelectuales en ese sentido.

Nos dice que, por la familiaridad con Jesucristo, quien de hecho nos muestra el rostro de Dios, podemos realizar "una ed
ificación bien trabada", que "se eleva hasta formar un templo santo en el Señor". Junto con Él, convertidos en "morada de Dios en el Espíritu", gracias a nuestra respuesta de fe a la fe que se nos propone, completamos ese Templo Santo, y lo hacemos visible, comprensible para todos. "De rodillas", sin duda, en la fe, pero con la claridad de la inteligencia y sus silogismos, por la ventana que nos abre la voluntad.

Las encíclicas "Veritatis Splendor" (1993) y "Fides et Ratio" (1998) son muy explícitas sobre las relaciones entre la fe y la razón. Y desde sus primeros años de sacerdocio,
el Papa Juan Pablo II encaró este tema muy a fondo en su tesis sobre "La fe en San Juan de la Cruz".

Al reconocer a Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre toda la realidad adquiere una claridad manifiesta, no ajena a la sensatez del sentido común, pero característicamente inagotable y total, "bien trabada", "compacta".

A propósito del papel del teólogo,
en "Veritatis Splendor" (109), se lee: "Por su propia naturaleza, la fe interpela la inteligencia, porque descubre al hombre la verdad sobre su destino y el camino para alcanzarlo. Aunque la verdad revelada supere nuestro modo de hablar y nuestros conceptos sean imperfectos frente a su insondable grandeza (cf. Ef 3, 19), sin embargo, invita a nuestra razón —don de Dios otorgado para captar la verdad— a entrar en el ámbito de su luz, capacitándola así para comprender en cierta medida lo que ha creído. La ciencia teológica, que busca la inteligencia de la fe respondiendo a la invitación de la voz de la verdad, ayuda al pueblo de Dios, según el mandamiento del apóstol (cf. 1 P 3, 15), a dar cuenta de su esperanza a aquellos que se lo piden»


La Encíclica "Fides et Ratio" describe un panorama muy alentador.

Leemos:

... En este sentido es posible reconocer, a pesar del cambio de los tiempos y de los progresos del saber, un núcleo de conocimientos filosóficos cuya presencia es constante en la historia del pensamiento. Piénsese, por ejemplo, en los principios de no contradicción, de finalidad, de causalidad, como también en la concepción de la persona como sujeto libre e inteligente y en su capacidad de conocer a Dios, la verdad y el bien; piénsese, además, en algunas normas morales fundamentales que son comúnmente aceptadas. Estos y otros temas indican que, prescindiendo de las corrientes de pensamiento, existe un conjunto de conocimientos en los cuales es posible reconocer una especie de patrimonio espiritual de la humanidad. Es como si nos encontrásemos ante una filosofía implícita por la cual cada uno cree conocer estos principios, aunque de forma genérica y no refleja. Estos conocimientos, precisamente porque son compartidos en cierto modo por todos, deberían ser como un punto de referencia para las diversas escuelas filosóficas. Cuando la razón logra intuir y formular los principios primeros y universales del ser y sacar correctamente de ellos conclusiones coherentes de orden lógico y deontológico, entonces puede considerarse una razón recta o, como la llamaban los antiguos, orthòs logos, recta ratio.


Más adelante, se lee:

5. La Iglesia, por su parte, aprecia el esfuerzo de la razón por alcanzar los objetivos que hagan cada vez más digna la existencia personal. Ella ve en la filosofía el camino para conocer verdades fundamentales relativas a la existencia del hombre. Al mismo tiempo, considera a la filosofía como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la fe y comunicar la verdad del Evangelio a cuantos aún no la conocen.


Casi al principio, aclaraba:

La Iglesia no es ajena, ni puede serlo, a este camino de búsqueda. Desde que, en el Misterio Pascual, ha recibido como don la verdad última sobre la vida del hombre, se ha hecho peregrina por los caminos del mundo para anunciar que Jesucristo es « el camino, la verdad y la vida » (Jn 14, 6). Entre los diversos servicios que la Iglesia ha de ofrecer a la humanidad, hay uno del cual es responsable de un modo muy particular: la diaconía de la verdad.1 Por una parte, esta misión hace a la comunidad creyente partícipe del esfuerzo común que la humanidad lleva a cabo para alcanzar la verdad; 2 y por otra, la obliga a responsabilizarse del anuncio de las certezas adquiridas, incluso desde la conciencia de que toda verdad alcanzada es sólo una etapa hacia aquella verdad total que se manifestará en la revelación última de Dios: « Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido » (1 Co 13, 12).





jueves, octubre 16, 2008

Juan Pablo II

Hoy hace 30 años de la elección del Papa Juan Pablo II.

Aquel Papa tan joven y atlético fue con los años un Papa viejecito, encorvado y lento, pero su espíritu continuó milagrosamente joven y atlético hasta el último momento.

En los veintiséis años de su pontificado, ¡oró tanto, trabajó tanto, se mostró tanto; con generosidad proverbial! ¡Nos bendijo tanto (hasta su último día)! ¡Deseó tanto que lo entendiéramos! ¡Nos habló tanto!

Para una tan maravillosa siembra parecería aún escasa la cosecha. Pero lo cierto es que todavía no la hemos recogido toda. No hemos llegado a captar lo trascendente que es su legado.

Quizás como un anticipo de la gran cosecha que llegará, el día de su muerte, miles y miles de personas, millones, llegaron a Roma de todo el mundo para despedirlo.

Hace treinta años, tomó el nombre de su predecesor, Juan Pablo I, quien a su vez había homenajeado a los dos Papas anteriores, directamente relacionados con el Concilio Vaticano II: Juan XXIII, que lo convocó y lo abrió, y Pablo VI, quien lo clausuró y lo puso en marcha.

De modo que su nombre evoca la renovación conciliar, que él impulsó con seguridad en el rumbo, firmemente enraizado en la Iglesia, atento a la Palabra de Dios.

Esta triple fidelidad al Concilio, a la tradición de la Iglesia y a la Palabra de Dios, resulta de su esencial fidelidad a Jesucristo, a quien reconoció claramente como la piedra angular, único cimiento para reconstruir efectivamente las ruinas de aquel mundo que vio caerse literalmente en su juventud, como lo ha contado en diversas oportunidades. En la homilía que dirigió a los jóvenes de Belo Horizonte (Brasil) en 1980, que se puede leer acá, se refirió a esta experiencia de manera entrañable.

Su valentía para poner a Jesucristo como cimiento en todo, ha abierto horizontes inexplorados, por los que nos toca avanzar. La colaboración de judíos y protestantes en la lectura continuada de la Biblia, resaltando la raíz judía de la misma, en las maratónicas jornadas de este mes en Roma, es un ejemplo de los avances que la singular presencia de Juan Pablo II ha hecho posible.

Como Elías en el Carmelo, pero en el Siglo XX, el Papa Juan Pablo II conjuró todas las amenazas de quienes más o menos inocentemente se alejaron de las enseñanzas de la Iglesia, de la Palabra de Dios, y en definitiva de Jesucristo. Creyéndose a su favor, desconocían de un modo u otro el "mero cristianismo", por decirlo con frase de C.S. Lewis, anglicano genial.

Juan Pablo II nos provee una verdadera revolución, de la que estamos disfrutando y seguiremos, con la ayuda de Dios, viendo mayores y mayores beneficios.

sábado, marzo 18, 2006

"Jesús, José y María entrecasa" encabezan este soñado Blog




La Sagrada Familia del pajarito
Bartolomé Esteban Murillo, 1650
Museo del Prado

El 19 de marzo, fiesta de San José, esposo de la Virgen que -por caer en domingo- se celebra mañana, comienzo la publicación de este blog, que pensé el sábado pasado: para escribir sobre la Iglesia, Jesús, María y José y todos los santos, y acerca de todo lo que ellos nos enseñan. Y también sobre mi país, el Uruguay, y su gente.

Relaciono estos dos grandes temas en la perspectiva de
Memoria e Identidad, uno de los últimos libros del gran Juan Pablo II.

El
Uruguay es un país con originalidades, que Emir Rodrí­guez Monegal resumió en buena parte, hace unos cuarenta años, en un artículo inédito que subí aquí, cuando noté que ya no está en su sitio original (donde se puede consultar excelente material sobre Rodríguez Monegal). Agregaría que, quizás por la necesidad de defender la fe, hubo santos obispos, comenzando por Jacinto Vera, que marcaron una luminosa huella, y la intelectualidad católica, congregada en el influyente Club Católico, fue activa y brillante, con preponderante participación de los laicos (en esta conferencia del P. Horacio Bojorge, S.J., sobre H. Terra Arocena, se puede consultar, hacia el final, el párrafo titulado: "Breve disgresión sobre nuestros teólogos laicos"). También fue notable el apostolado del clero y de los religiosos, que llegaban sin cesar de Europa.

Las estadísticas variaron con los años, y también la óptica de la época, pero se mantienen la historia y el talante, que son determinantes

Personalmente encuentro que la influencia británica es mayor de lo que pensaba Rodrí­guez Monegal. Y quizás sea la sangre "charrúa" (quizás sería más exacto decir "indígena", o más precisamente guaraní) que el artiguismo potenció, sin dejar de ser católico, sino como expresión de la libertad compartida, que promueve el Papa Benedicto XVI, la que aumenta esa familiaridad, inculcándonos un cierto conservadurismo de izquierda, similar en su tenacidad al que los británicos ejercen en sus vías de tránsito, que se manifiesta también en una marcada sobriedad.

Esto es para empezar, y como hay tanto para decir, trataré de ser asidua en mis aportes, y me sentiré feliz si encuentro lectores.